Jordi Lahispaniola


Asistente de artistas... ahorita mismo descansando


Elías Deià menos un café

el ser humano no es tan virtuoso para con la poesía dar lugar a un mundo justo además –apunta elías hay que conquistar la inmortalidad para hacer justicia
 
ciertas mañanas uno despierta con el sueño de rimbaud tomado enfría un café espeso sin azúcar y siente el déjà vu desvanecerse nos calzamos salimos a la calle y vivimos otra vida elías también


yo compré un libro en abril para regalar a mi amigo un vate menor de provincias o mejor de aldea llamado deià improbable la orquídea pero no imposible –reza la dedicatoria escrita para el juglar mediterráneo y su comprometida salinidad


elías lleva tiempo sin escribir  –silencio poético comentan los amigos tiempo ya sin arrancar leve el canto sin vibrar en vulgar o de viva voz sin visitar las musas sin bañarse en las pozas cristalinas de un río esta tarde lenta está especialmente mudo el poeta sólo escucha –los amigos lo saben lo sabemos hay momentos donde el silencio activo y atento son también coloquio


tal vez la palabra poesía nos comprometa a todos la profesión lírica requiere de menos hígado y de más diplomacia la hegemonía de la belleza es ciertas veces una pasarela léase promoción cuando decimos pasarela elías ahora sonríe y parece que coincide otras veces con un café de más no renunció a la vieja escuela cínica de corinto


se nos hace tarde y hay noches dónde el infante terrible se retira recoge sus papeles y encuentra su ejemplar dedicado lo dejé sobre la mesa que compartimos –pregunto a elías sobre la cita del verso seleccionado su conveniencia lo tomé para ti –añadí  tal vez el café de más hoy sobra



Corinto, Grecia

El Capital perdido

         Durante el cuarto curso de Política, cuando yo tenía veintiún años, mi profesor de Teoría y Sociedad me proporcionó un ejemplar de una edición de El Capital donde sólo figuraban los temas más científicos y tal vez más reveladores. Además, se habían suprimido secciones desconectadas del hilo argumental del ensayo, casi por enteras incluidas en el Tomo I y Tomo III de la obra de Karl Marx. La edición la llevó a cabo El Viejo Topo, y constaba de 200 libros numerados, editados en cartoné verjurado color tierra y con papel satinado en el interior. La selección y la traducción estaba realizada por Manuel Sacristán y se incluía una introducción elaborada por él mismo.

         He lamentado más de una vez –por ejemplo, ahora– la pérdida de ese ejemplar –digamos que una cuidada edición introductoria– que se titulaba: Teoría selecta de El Capital en Londres.

          Luego con los años he visto algunas de esas selecciones de la obra de Marx más o menos aceptables, antologías de El Capital o de la Crítica de la economía política. Hace años circulan obras completas del escritor y doctor alemán, con prólogos que el propio Marx hizo de su obra, y con epílogos de Friedrich Engels o Walter Benjamin, entre otros. Tengo un par de ediciones de poemas que K. M. envió por carta a Johanna von Westphalen, se puede observar con detalle la caligrafía del joven Marx vindicando la elegancia cosmopolita de la gentil Jenny.


          Pero sigo creyendo que aquél ejemplar que me facilitó mi profesor, Francisco Fernández Buey, estaba expresamente orientado a incentivar el cálculo y la ciencia del estudiante, iniciarlo en el sistema económico y científico social, a través de las teorías más concretas del investigador alemán. He profundizado sobre la ciencia económica y política y su innovación, la realidad y la tecnología más practicable. Es cierto que me dedico al periodismo poético y a la inversión industrial –mis amistades lo saben– y guardo más tiempo para lo segundo que para verter poesía, pero aún lamento la pérdida de ese ejemplar grabado con el número XXII al lomo y dedicado a Jordi Lahispaniola por Manuel Sacristán en 1982 sitio México.
Dal't Villa, Ibiza


La hija de Fidias



          Tuvimos noches en Atenas repletas de luz. La literatura y más concreto la tragedia era un espectáculo de antorchas y flechas ardientes, la satinada imagen de la amazona espartana, de largas piernas desnudas, danzó libre en los teatros. Nosotras fuimos las primeras en representar la victoria de la mujer en el Acrópolis. Dimos luz a la ciudad para salir de las tinieblas del hombre. Nos favorecimos del drama y la comedia, para iluminar las plazas y apagar los mitos, los últimos poetas píticos de Delfos nos dejaron paso, no sin resistencia. La retórica se alzó en Grecia, reclamó su canto femenino y democrático, Atenas repleta de luz fue nuestra.
 
         Introducir la diosa sabiduría en la ciudad fue un plan a gran escala. Formaron parte muchas y muchos, entre ellas Aspasia de Mileto, sin duda un referente, en cuyo círculo estaba mi padre Fidias, o Pericles, que dicen era el gran amor de Aspasia y su confidente, y que fue el general al que se le encargó la democracia en Atenas, y que otorgó el voto a las mujeres y a los hombres sin fortuna. Nosotras no éramos hijas de reyes ni aristócratas, no éramos hijas de Zeus, no veníamos de una estirpe divina y escatológica, plagada de sangre y de dolorosos partos de leche cósmica, nosotras éramos la prole de los comerciantes, artistas y constructores venidos de toda Grecia. Éramos las hijas del nuevo poder, y estábamos dispuestas a tomarlo. Yo, Casandra, fui educada para relatar nuestra historia.


         El encargo de la grandiosa estatua de Atenea es la historia de mi padre. Él fue educado en el círculo de Aspasia y Anaxágoras, aprendió música con Darión, que hacía sus propios instrumentos para ser interpretados en la biblioteca del Ágora, antiguo discípulo de Pitágoras, y como él componía en pentagrama, con una caligrafía elegante, semejante al dibujo de un templo de seis notas o seis columnas. Es ahí -cuenta Aspasia-  donde Fidias se enamoró de la arquitectura definitivamente, aplicó la precisa escala musical para dibujar el templo de Hefesto y del Partenón, la música se transformó en dibujo, el equilibrio se representó a gran escala. La armonía constituye la belleza del cuerpo, de la misma manera que la sabiduría es la expresión más alta del alma. Los desnudos de Fidias guardan armonía y sabiduría. No reciben el mensaje de nuestra angustia y de nuestra ignorancia. Como Atenea Partenos, como Niké alada, como la Hidra de bronce, esos cuerpos gloriosos fueron esculpidos para siempre, y Fidias les concedió una equilibrada permanencia: esa armonía feliz y sabia con que se exhiben ante nuestra vida inquieta.



          La mujer ateniense era una eterna menor, que no poseía ni derechos jurídicos ni políticos. Toda su vida, debía permanecer bajo la autoridad de un tutor: primero su padre, luego su marido, y más tarde su hijo o un familiar cercano si era viuda. En la Polis, los cambios fueron haciéndose evidentes. El Ágora fue ganada para la discusión política, entramos las mujeres por la vía Panatenaica de la mano de Aspasia y Sócrates, tocadas con la diadema de laurel y vestidas con el peplo blanco de seda, reclamando voz y voto. Nuestra ciudadanía fue expuesta ante la asamblea y sus funcionarios, fuimos escuchadas e interpeladas y a final aceptadas, nuestra victoria fue un triunfo de la razón y la libertad.
 

Ensayo sobre Baudelaire


          Por una parte se han publicado ciertos ensayos sobre Baudelaire de excelente calidad en distintas lenguas, incluida la castellana. Por otra parte, el ensayo sobre Baudelaire ha alcanzado la categoría de best-seller. Son numerosísimos los libros publicados sobre la vida y obra del dandy parisién, y cada año se editan nuevos estudios que transforman y modernizan la imagen del autor de Las Flores del mal.

          Jean-Paul Sartre publicó su libro Baudelaire en 1946, haciendo del ensayo literario un género de la modernidad existencialista. El dandismo –señalaba Sartre frente al poder y la moral teocrática, ha de combatir, y mantenerse en la pura gratuidad de la resistencia. Ante eso, el dandismo es ceremonial, y Baudelaire no ha cesado nunca de insistir en ello. Es –en palabras del poeta– el culto del yo, bajo la visión del sacerdote y la víctima.

         Charles Asselineau escribió, tal vez, el más cercano y fraternal ensayo sobre su vida y obra, y donde señalaba que Baudelaire tras el reconocimiento y el descanso que le causó la publicación de la segunda edición de Las flores de mal se dedicó a escribir sus ensayos más acertados: Salón de 1859, Estudio de Théophile Gautier, Los Caricaturista franceses y extrajeros, Estudio sobre Edgar Allan Poe, Estudio sobre Delacroix, Críticas literarias. Ese descanso tan fructuoso –señalaba Asselineau– era demasiado hermoso y también Baudelaire justificaría la superstición de los musulmanes, que temen, como si de una emisaria de calamidades se tratase, la plenitud de la felicidad.

         La hipótesis de René Laforgue sobre el comportamiento de Baudelaire en el burdel coincide punto por punto con las convenciones y tradiciones de la historia de la literatura. El autor del libro El fracaso de Baudelaire. Estudio psicoanalítico sobre la neurosis de Charles Baudelaire, publicado en 1931, no toma en cuenta que se llegó a nombrar a la figura de Baudelaire como el Dante de París, debido al conocimiento vasto que tenía de los mitos y pasiones literarias de toda época.

          Walter Benjamin publicó su libro Charles Baudelaire, Tableaux Parisiens, en 1923 y amplió sus estudios sobre el genio francés y la idea del capitalismo en sucesivos trabajos, como Parque Central. El comportamiento –indica Benjamin– de Baudelaire dentro del mercado literario se debe a su profunda experiencia de la naturaleza de la mercancía. Baudelaire estaba capacitado, o bien necesitado, de reconocer el mercado como instancia objetiva en cuanto tal. Además, debido a sus negociaciones editoriales, se encontraba en constante contacto con el mercado y sus procedimientos: la difamación (traída de Musset) y la contra difamación (traída de Víctor Hugo). Baudelaire, tal vez, fue el primero en expresar una idea original del mercado, hecho que le dio fama entre sus coetáneos.

          En el ensayo Conocer Baudelaire y su obra, publicado en 1978 por Félix de Azúa, y reditado y ampliado posteriormente bajo el título Baudelaire y el artista de la vida moderna, se describe cómo el dandy se contenía, se enfriaba, se mineralizaba ante el prójimo, y se construía, se decoraba y ornamentaba como una cosa. El dandy se distingue de sus semejantes por el traje, extremadamente rebuscado o de una simplicidad glacial, por una actitud estoica y senequista, por un porte escultórico, semejante a un androide.


El sombrero de Moneo


Moneo pasa el peine por los planos, quita las hojas secas, lo ampuloso, el arabesco y la grasa, los piojos del diseño –comenta Marta.


A mí me distraen más sus maquetas: limpias, sencillas, reveladoras. Hemos entrado en la planta baja del museo Thyssen-Bornemisza, el arquitecto Rafael Moneo expone Una reflexión teórica desde la profesión Materiales de archivo 1961-2016– con planos, maquetas y fotografías.


Echo de menos las memorias de los proyectos y se ven pocos dibujos –apunta Marta– Moneo siempre dibuja cada uno de sus trabajos, es un clásico, un ciervo blanco de la arquitectura, como Le Corbusier, Álvaro Siza o Rem Koolhaas.


Ciertas veces me distancio de Marta, le dejo a su aire, con sus reflexiones, sus teorías, sus planos astrales. La exposición está ubicada en varias salas, dispone de un buen espacio bajo una luz blanca un tanto azul, es agradable recorrer las obras, proyectar –intuir tal vez– la vida en las ciudades alzadas por Moneo.


Ese plano se salva por un pelo –interrumpo a Marta, que paraba aún en la primera sala– ¿Había un pelo en la Sede principal de Bankinter? –contesta, sonríe y formula otra vez Marta– Ha pasado el peine muy fino sobre el croquis de la Fundación Pilar y Joan Miró de Palma de Mallorca, ha quitado la sobre cubierta, las enumeraciones de la trenza, lo brumoso y sus rulos. De nuevo sacó el peine, sacó el abrojo y la tinta rancia, el esquinazo, la junta, el manido encuentro.


Las cosas que dice Marta me ayudan, me sitúan ante lo que estoy viendo. Hay un museo en Estocolmo, en una de sus múltiples islas, que ya no son tan islas porque tienen sus puentes, donde se alzó el proyecto Telémaco hecho de piedra ladrillar color Moneo, que es el color y el canto de la tierra mía. ¿Por qué se eleva tan sereno el ladrillo de Moneo, por qué nos relaja tanto? –No le pregunto a Marta esta vez, sé que guarda respuestas, pero prefiero oírla discurrir: Por las líneas, por los sueños pasó una y otra vez el peine, buscó la maraña, esa enredadera que se posa en las mesas paralex de los arquitectos. Una vez más pasó el peine por la cabeza calva de la ciudad, despeja cada una de las escaleras, los jardines, las plazas.

 

Moneo vive pegado a un lápiz. Con un lápiz puedes dibujarlo todo: el trazo fino y sus sombras, la arquitectura de gran escala y los proyectos que no verán su luz, que no se materializarán. Moneo –apunta Marta– ha creído siempre en la sencillez del lápiz, sin caer en la tentación de la utopía, ha sido deliberadamente no-utópico, sin tanto narcisismo, sin tanta contradicción. El lápiz de Moneo no da puntada sin hilo.